La regla de oro de Jesús sobre el perdón

Jesús siempre se destacó durante su tiempo en la tierra por propulsar ideas radicales, que partían de la más radical de todas: Él es el Hijo de Dios. Esta verdad se manifestó desde su enseñanza sobre la correcta manera de seguir la Ley hasta su crucifixión, resurrección y ascensión. Un día, sus discípulos le pidieron que los enseñara a orar, pues los otros maestros de su tiempo, lo hacían con sus respectivos discípulos. Debió ser emocionante esperar la respuesta de Jesús, porque podían estar seguros de que también sería inusual.

No se equivocaron. Jesús comienza su oración diciendo «Padre nuestro». (Mateo 6:9) «Padre» en el equivalente arameo es «Abbá» que significa «papito». Un término que los judíos solo utilizaban de forma doméstica. Con esto, Jesús ilustró que la relación a la que Dios nos llama a través de Él, es una personal y de muchísima confianza. Podemos depender de Dios, como dependeríamos de nuestros padres o cuidadores.

Jesús continúa la oración y en la quinta petición que hace, dice: «Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». (Mateo 6:12) Es decir, danos tu perdón según la medida en que nosotros perdonamos a otros. El perdón siempre ha sido un tema muy delicado. En una sociedad donde las cosas se dan o se niegan, dependiendo del mérito que tenga quién lo ha de recibir, donde los logros se obtienen según el esfuerzo y el desempeño para alcanzarlos, miramos de esta misma manera el perdón. Evaluamos si la persona que nos ha hecho mal cuenta con algún mérito o si ha hecho algún ejercicio de reflexión que le lleve al arrepentimiento del mal que nos hizo.

Sin embrago, Jesús no tomó en consideración nuestro mérito para merecer su Salvación para perdón de nuestros pecados. Con esta petición, nos ilustra nuestra condición, todos somos imperfectos y pecadores. Si alguien puede entender lo que esto significa, somos nosotros. Ahora parce incongruente que le pidamos a Dios, que es Santo, que entienda y perdone nuestra condición limitada y pecaminosa, sin nosotros perdonarnos entre nosotros. Esto no quiere decir que Dios no tenga la capacidad de comprender nuestra naturaleza, sino que refleja la magnitud de Su misericordia al enviar a Jesús para perdonarnos y justificarnos delante de Él, haciéndonos libres del pecado y exentos de la ira de Dios.

Del mismo modo, nos llama a nosotros a ser también misericordiosos. Nos llama a mirar al prójimo con Sus ojos. Jesús no hace distinción ni excepción cuando nos enseña sobre el perdón y parecen duras sus palabras. Pareciera de primera que nos ha puesto en una encrucijada imposible de superar. Pero, lo cierto es que, Él mismo nos da la regla de oro para poder perdonar a otros.

En Mateo 5:43, Jesús cita el pensamiento cotidiano que seguimos sobre el perdón: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. Nos resulta fácil y lógico. Amamos a quién nos ama y a quién nos odia, le odiamos también o simplemente no le prestamos atención o favores. Pero, Jesús nos trae un pensamiento radical y diferente, como es típico de Él. Nos dice: «Amen a sus enemigos, bendigan a quienes les maldicen, hagan el bien a quienes les ofenden con hechos o insultos y a quienes les persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos.» (vv 44-45) .

Esta es la regla de oro de Jesús sobre el perdón. El perdón al que Jesús nos llama, es uno que comienza con el reconocimiento de la soberana Justicia de Dios. Orar por quién nos hace mal y bendecirle, nos lleva a renunciar a nuestro sentido de venganza, dependiendo absolutamente de la Justicia de Dios. Eliminando así, el juicio de considerar si la persona merece o no nuestro perdón e imitar a Cristo en perdonar a aquellos que nos hacen mal. Continúa con el ejercicio de vaciar nuestro corazón de malos deseos, del odio, del rencor que nos privan de perdonar. Nos lleva a reemplazar la pregunta de si podemos o no perdonar, por si estamos en la disposición de hacerlo o no. Y es el proceso mediante el cual el dolor de nuestro corazón es consolado por el amor que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento.

Si el perdonar a alguien se te está haciendo difícil, comienza por orar por esa persona. Si no sabes qué pedir, piensa en lo que sería amable y misericordioso. Pide a Jesús que te de Sus ojos para mirar a esa persona. Confía en la Justicia de Dios y en Su amor. Él hace salir el sol para los malos y los buenos, y un día ha de juzgar a este mundo. ¿Qué hubiera sido de Pablo si al conocer a Cristo, la Iglesia lo hubiera rechazado por no perdonar el hecho de que sobre sus hombros estaba la muerte de muchos cristianos? La realidad es que no podemos subsistir sin el perdón, es la base del amor y de la sanación del corazón. Jesús no nos está llamando a una encrucijada, sino que nos está llamando a la libertad que necesitamos y que sólo conseguimos en una relación personal de muchísima confianza con Dios, a través de Él.

El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. (Romanos 8:26) Él hará la obra en tu corazón, confía en Él.

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